Los dentistas alertan de problemas graves de salud por ir a falsos “colegas”

Al amparo de la crisis han surgido protésicos e higienistas que se dedican a ejercer de odontólogos sin serlo.

En julio del año pasado fue detenido en Tarragona Sergio Guzmán, un chileno que durante veinte años había ejercido como dentista sin tener la pertinente licencia para ello.

Durante años este individuo dirigió una clínica en la Rambla Nova, para después trasladarla a la avenida President Companys. Entre su clientela figuraban políticos de primera línea de la ciudad. Para desarrollar su labor se valía de documentaciones falsificadas, al tiempo que usurpaba los números de colegiados de otros profesionales.

En todo este tiempo de ejercicio de la odontología sin estar en posesión de la titulación correspondiente, Sergio realizó numerosos casos de mala praxis, lo cual provocó en no pocos pacientes lesiones irreversibles, con el consiguiente perjuicio físico, psíquico y económico. Paralelamente, a la mayoría les alargaba deliberadamente los tratamientos con un exclusivo ánimo de lucro.

A Sergio Guzmán se le imputaron los delitos de falsedad documental, usurpación del estado civil, intrusismo profesional, estafa, lesiones, contra la salud pública e insolvencia punible.

El de Sergio fue, sin duda, el caso más sonado de intrusismo en la odontología que ha vivido la ciudad. Pero no se trata, en modo alguno, de un hecho aislado. Así lo ponen de manifiesto y lo denuncian varios odontólogos de Tarragona, que afirman estar «hartos» de una situación que les afecta no sólo económicamente, sino también en el prestigio profesional.

Uno de ellos, que facilita todos sus datos al Diari pero pide mantenerse en el anonimato «para evitar que los laboratorios me boicoteen», asegura que «hace años que los protésicos dentales, también llamados mecánicos, y últimamente las asistentes dentales e higienistas se han dedicado a ejercer o hacer las labores propias del odontólogo, trabajos que sólo éste puede hacer».

Dice este profesional que se trata de un intrusismo que ha existido siempre, «pero que en los últimos tiempos, al amparo de la crisis y de los despidos que se han producido en el sector por la reducción de pacientes, muchas personas que antes ayudaban al odontólogo, asistiéndole en su trabajo, se han lanzado a sustituirle, creyendo que su experiencia al lado de un dentista les era suficiente para desarrollar esta labor».

Se trata generalmente de técnicos en elaboración de prótesis que están sólo cualificados para hacer aparatos, pero no para diagnosticarlos ni implantarlos en el paciente, quienes ignoran los varios riesgos a los que se exponen.

Otro colega de este odontólogo corrobora sus palabras y añade que «la ciudadanía no es consciente del riesgo al que somete a su salud poniéndose en manos de gente que no está preparada para hacer este trabajo». Y añade que, «por ejemplo, quien coloca una dentadura postiza sin ser dentista puede no percatarse de la existencia de otros problemas que se agravarán precisamente por la presencia de esa nueva prótesis, pues si se pone una prótesis sobre una pequeña lesión ésta se hará mayor».

Los odontólogos denuncian que además, para estas personas, para los que practican el intrusismo, cualquier sitio es válido para levantar una clínica dental, incluso un locutorio. Una butaca de plástico, un flexo y unos cuantos útiles son el único equipo necesario para adentrarse en el amplio universo de la odontología. Y forrarse. O al menos, eso es lo que deben haber pensado los dentistas clandestinos, que, como Sergio Guzmán, pueden actuar durante años antes de ser descubiertos. Y entonces es ya demasiado tarde para los pacientes que cayeron en sus manos.